jueves, 14 de abril de 2011

Cómics: para que no digan que es fantasía (o POR QUÉ me gustan tanto)


Ayer fue mi cumpleaños número... bueno, ayer cumplí años. Como para sacar al niño interior -y ver si sigue ahí-, me fui al Salón del Cómic de Barcelona.


Uno de los invitados era el Sr. Brian Azzarello. Entre sus obras de referencia está "Joker", dibujado por Lee Bermejo, cómic de 2008 en el que se presenta una de las versiones más sanguinarias del asesino en serie más famoso de la ficción (Dexter a su lado es la Madre Teresa), que reta a Batman desde 1941. Todo comienza cuando, por una argucia legal, el villano es liberado del Asilo de Arkham y...


¡Por una argucia legal¿Cómo es la ficción, no? 
Eso no podría pasar en la realidad, es lo primero que uno piensa. 
Y sin embargo, me topo con esta noticia:


(Enlace a la noticia)


Es un alivio pensar que algunas cosas sólo pasan en la ficción.
Pero lastimosamente, la realidad siempre se da modos para superarla.
Adiós, me voy a leer mi cómic.



martes, 22 de marzo de 2011

Acabo de llegar y no soy un extraño




Cada lugar es lo que la gente hace de él. Eso es lo que hace que un mapa sea justa y solamente una referencia, letra muerta: puedes verlo cuantas veces quieras y sólo podrás saber cómo llegar, pero no lograrás saber en verdad lo que hay allí.


Estoy sentado en un banquito en la Plaza de la Sagrada Familia, con esa curiosa sensación de no ser un turista más. Han pasado seis meses de mi llegada a Barcelona, seis meses que siento como un suspiro, los suficientes como para no sentirme ni tan turista ni tan catalán. Pieles y acentos de cada rincón del planeta pululan a mi alrededor, luciendo atuendos y tecnologías tan diversas como sus procedencias, elevando la mirada hacia el monumento inconcluso que es además monumento a la inconclusión.


A mi lado llega a sentarse una madre de gafas polarizadas y abrigo oscuro, con bolsa del supermercado cercano, en pugna verbal para que su hijo y su perro -ambos en un alta de energía- no molesten con sus carreras a la gente que está tomando fotos por ahí. 


Delante mío, en un asiento similar, un hombre que no pasa de los veinticinco despierta de su sueño. Su piel es clara pero está sucia, al igual que su cabello, largo y (des)peinado con dreads. Son las cuatro y veinte, pero el día recién comienza para este flaco de aspecto escandinavo y con ojos que gritan que la última dosis de lo que sea que se puso le ha pegado fuerte. Su ropa está en andrajos, sus pertenencias no son más que una mochila pequeña y una esterilla; su olor, detectable a metros de él, delata que hace rato que no ha estado en un baño ni su ropa ha pasado por agua. 


En ese momento, unos hombres ya entrados en años y de aspecto algo estrafalario, se sientan en el extremo opuesto de "su" asiento, mientras conversan. Él los mira como se mira a quien ha entrado a tu casa sin permiso. Los recién llegados balbucean un par de palabras en inglés que el joven no responde. Por toda reacción, toma su mochila y su esterilla y comienza a caminar, a tumbos, hacia Carrer de Mallorca, asustando a su paso a un par de turistas que han tomado posiciones en el parque para lograr una mejor perspectiva de la Sagrada Familia. Los hombres lo ven alejarse con pena y comienzan a reflexionar acerca de la juventud y el futuro de este país.
- E que tu te va a Inglaterra y ahí e otra cosa. Llegas y te dan ochociento euro cada mes hasta que encuentres trabajo, coño. A ete paí se lo etan comiendo lo moro y lo gitano, tío. Un ajco, te digo, una mierda.
Luego de este profundo análisis socioeconómico de la realidad española,  comienzan a hacer planes para lo que parece ser un conjunto musical, del cual ambos serán partícipes y accionistas, determinando que les falta sólo un trompetista al que darán una participación del veinte por ciento de las ganancias.


En pocos minutos y en pocos metros, el parque de la Sagrada Familia se ha convertido en paradero turístico, descanso de madre, dormitorio de un guiri y punto de arranque autónomo/artístico. 


Trata de meter todo eso en un Google Street View, si puedes.


Ahora que lo pienso, sí soy un extraño. Uno más, nada más. 







domingo, 23 de enero de 2011

Detalles personales del Barcelona 3 - Racing 0




Cero grados. Sí, cero grados celsius en Barcelona, donde hasta hace un par de días el invierno engañaba mintiendo que se había ido, permitiendo al mercurio subir hasta los 16˚ tranquilamente. Ya estaba guardando la frazada extra cuando el viernes el termómetro comenzó a necesitar Prozac. Por suerte, el partido de hoy estaba programado para las ocho, es decir, iba a poder tomar mi tren de vuelta sin tener que correr como loco para llegar al último tren L1 dirección Terrassa.

Cómo no hubiese querido ir al 5-0 contra el Madrid. Pero aceptémoslo, las economías tienen sus distancias y el dinero no lo compra todo. Aquél partido lo ví y viví como ningún otro que recuerde para el que me hayan faltado los 495 euros (sí, 675 dólares) que costaba la entrada de reventa en e-bay. Igual fui a Canaletas y festejé y salté y nos bajamos una de vino y hasta hubo piña que salió en la tele.

En fin. Me subo al metro dirección Zona Universitaria desde Paral-lel, para cambiar en Estación de Sants. El L3 llega ya sobrecargado de hinchas: hombres en grupo, familias, una cantidad de mujeres mayores que se me hace inusual en una cita futbolera, y claro, turistas, reconocibles por la cámara siempre lista, el mapa desplegado en la mano y la cara de fascinación que les produce el estar yendo a ver al mejor equipo del mundo. Comparto su candidez; mi niño interior está dando brincos.

Falta una hora y algo más para el partido. El Metro llega a Sants Estació, yo me bajo, el Metro se va... un momento. El resto de hinchas no se bajó conmigo. Ya me puse nervioso. Deambulo unos segundos en el cruce de dos pasillos, hasta que le pregunto a un hombre que, pan en mano, me ayuda. "Ven, será mejor que te indique", me dice, "te sirve cualquiera de las dos líneas, y tienes tiempo de sobra". Ahora el turista soy yo (nota aparte para la amabilidad catalana: siempre te indican donde ir y se aseguran que llegues).

Finalmente tomo el L5 dirección Cornellà Centre, que llega igual de lleno de hinchas.  A la salida, en Collblanc, no necesito preguntar por dónde ir, sólo sigo a la maraña azulgrana que se baja conmigo, dejando a un par de solitarios pasajeros que al fin podrán sentarse. Subido en esta marea llego a una de las Puertas Sur del Camp Nou, donde, para mi sorpresa, marcan la entrada con una folklórica rotura, nada más. El código de barras recién me sirve en la entrada misma del escenario, donde después de escanearlo me lo devuelven para souvenir. Detalle: no revisan mi mochila.



Lo siguiente es parte de la fascinación que tenemos todos con el espectáculo, los espacios abiertos y el fútbol: busco mi puerta, la 224, y al subir la grada ahí está: monumental, maravilloso, el Camp Nou se abre ante mis ojos, mi ojos se abren ante él. Sí, estoy aquí. Mi niño interior ya se hizo pis de la emoción. Ubico mi asiento y no demoran en salir al campo ambos equipos, aún en tenida de entrenamiento, para terminar de precalentar. Aprovecho para tomar la foto de circunstancia, esa típica "yo estuve ahí". Otro detalle más, faltan 15 minutos para que comience el partido y las graderías parecen desiertas; el momento de iniciarse el lance, las tribunas se pueblan mágica y ordenadamente.

Y otro detalle más: recuerdo cuando prohibieron que el reloj del Hernando Siles marque la hora, "para que los jugadores no se sientan presionados". Aquí el cronómetro marcha normal y no por ello el fútbol se desluce, todo lo contrario: se nota que los jugadores de ambos equipos tienen presión, otra cosa es que responden a ella con fútbol.

90 segundos de iniciado el partido y un golpe de suerte me permite registrar esta belleza de pared entre Messi y Villa para que Pedro la empuje con el pecho:




32 del 1er. tiempo. Un derribo en el área permite a Messi anotar de penal, alentado por su pueblo:



El tercero, de Iniesta, es en el arco del frente y ya no lo registro. El resumen estrictamente futbolístico lo pueden encontrar aquí o aquí, yo sólo diré:
  • Cantidad de gambetas, amagues y maravillas con la pelota: más de las que pagué por la entrada.
  • Cantidad de "oooooh"s de admiración del público (y míos): bastantes, no conté.
  • Cantidad de aplausos y vítores personalizados: cinco (para Pedro, Messi, Iniesta, Xavi y Valdés)
  • Cantidad de faltas con melodrama-pierde-tiempo: cero.
  • Cantidad de futbolistas de cristal tirados en el piso esperando que entre la camilla: cero.
  • Cantidad de reclamos al árbitro a gritos, casi a cabezazos: cero.
De que hubo faltas, las hubo (de hecho, se lesionó Puyol al medio tiempo y lo reemplazó Piqué, cuya novia ahora al parecer será mi vecina). Pero lo que más hubo fue fútbol, claro y simple, vistoso, ofensivo y de toque, ese que está haciendo que este equipo entre a la historia. Así que me voy contento. Ví al Barça de Guardiola reponerse de la caída contra el Betis, que fue una buena llamada de atención, y dar un espectáculo digno de lo que es: el mejor equipo de fútbol del mundo.

Detalle final para no pasar por alto: son las 22:10 y ya estoy en la acera del túnel del Metro. El partido comenzó a las 20:00, el descanso duró 15 minutos exactos y hubo 3 minutos de adición en total. Es decir, empezó y terminó a la hora que debía y todo el mundo a casa. Si para algo no se necesitan miles de millones de euros, es para ser puntual.





domingo, 21 de noviembre de 2010

Las Horribles Guardianas de la Fe

"...se ha dicho que son las almas condenadas por sus pecados, a las que se impide la entrada en la casa de Dios. Esta podría ser una interpretación apropiada, especialmente, para las gárgolas más visibles y terroríficas, que pueden servir como ejemplo moralista de lo que puede ocurrirle a los pecadores. 





De todas las explicaciones posibles, la más aceptada es aquella que nos habla de ellas como guardianes de la Iglesia, signos mágicos que mantienen alejado al diablo. Esta interpretación puede explicar el porqué de tan diabólicos y espantosos aspectos y su ubicación fuera del recinto sagrado" (fuente).



sábado, 23 de octubre de 2010

Aldea global, ch'enko total



Es un lugar alucinante”, se limita a decirme Carmen. Mi hermana (la que elegí) ya me había adelantado algo. Se supone que es tan simple como bajar en el metro de Barceloneta y caminar un tanto, pero hay otra forma de llegar: tomar como referencia el Restaurant 7 Portes (léase “portas”) y dar la vuelta, el lugar queda exactamente al otro lado. 

Como si fuesen las dos caras de la moneda, la forma negra y blanca de ver la vida, al otro lado del glamour y la elegancia del 7 Portes (“una vez entré y me alcanzó para pedir una coca cola”), me hallo con el desgarbo, el caos, la superpoblación, la calidez y bulla de La Champanería, un refugio de guiris del norte de Europa y el resto del mundo donde, en medio de gritos, vino y tapas que pasan de un lado para otro, llego a distinguir siete idiomas distintos, incluyendo tres formas distintas de pronunciar el inglés. Una cantidad indeterminada de personas van entrando, entrando, entrando al boliche mientras una cantidad mucho menor va saliendo, desafiando las leyes de la física y la teoría de los espacios personales. Reviso mis bolsillos a cada rato (mientras es posible) y al hacerlo creo que encuentro un par de bolsillos ajenos.

Olor a madera, perfumes del mundo y hedores del inframundo se mezclan con tufo pronunciado en un babel de lenguas distintas. Jamones serranos colgados del techo, bacones secando, cajones de botellas de cerveza en un costado de la pared y al fondo, una tienda de especialidades ibéricas, olivas, atún y fiambres que cierra a las cinco. De esa hora en adelante, sólo se sirven tragos, tapas y sandwiches -perdón, lado equivocado del atlántico: bocatas- de jamón, la variedad de queso que quieras, mortadela y butifarras, que básicamente son chorizos grandes como la vida envueltos en pan sin condimentos. Te pasan chorizo picado y morcilla, además del vino rosado más cutre y dulzón que te puedes imaginar, una especie de espumante que, me advierten después, “comienzas a odiar al otro día, cuando recuerdas lo que pasa después de la segunda botella”. En todo caso sólo nos llegarán copas, una por cabeza, que es lo máximo que el boliche permite a esa hora. Llegas a repartir algo más que eso y este desmadre organizado -porque un orden de filas de entrada y de salida va surgiendo- se vuelve un bar de piratas del siglo XVIII que te puedo estar dedicando la que se arma, que si una fracción de la gente ahí dentro llega a alcoholizarse, al resto los sacas con cucharilla y no bastan los cinco mil Mossos d’Esquadra de Cataluña para arrestar a todo el mundo y su mujer ni para descubrir de qué rincón del Atlas Bruño partió la primera sangre. Aquí la aldea global de McLuhan se puede convertir en el ch’enko total del Papirri.

Después de una butifarra y un bocata de jamón serrano con queso brie, un programador catalán, una pianista boliviana, una master en recursos humanos y un servidor salen del boliche bien masajeados, con algo menos de dignidad pero un poco más para contar. Al abandonar nuestro lugar en el fondo del boliche, un inglés y dos alemanas que sabe Dios a qué mierda se dedican dicen “space! finally some space!” y ocupan los lugares que dejamos al lado del baño, que ha sido ocupado por una joven nórdica que al parecer no piensa salir, hasta que uno de los irlandeses que andaba gritando a nuestro lado la deje de acosar.

De ahí, es un trámite salir pasando otra vez el 7 Portes, que ahora se ve más elegante que nunca, cruzando La Rambla hacia el Barrio del Born. “Madrid tiene dónde seguir creciendo, está en un plano. Barcelona está entre la montaña y el mar”, me dice mi ocasional guía, haciéndome entender que esta ciudad, como la mía, tiene el paradigma de crear espacios donde no los hay. Y la verdad, de donde acabamos de salir, el espacio no es un problema sino una anécdota.